Hoy no estás para fiestas. Llegas a la oficina y aún te dura el cabreo de la discusión que tuviste ayer en casa. Con cara de perro apenas saludas al equipo porque hoy no estás de buen humor y abres el email mientras vas a hacerte un café para afrontar el día.

Cuando llegas tienes unos 47 emails sin leer. ¿Cómo es posible? ¡Si ayer dejaste la bandeja de entrada vacía!

Ves que 20 de esos emails son sobre el mismo tema y tiene el asunto de URGENTE. La directora está dentro de la cadena de emails, glups.

En ese preciso momento suena el teléfono, tu compañera de producción te pregunta que si has visto su email. En un instante dejas de escucharla porque tu mente entra en estado de ebullición.

Por tu cabeza pasan posibles respuestas, todas variaciones de algo así como…”A ver, me acabo de sentar en la mesa y no me has dado tiempo ni de respirar. Evidentemente, no lo he visto, lo miraré cuando pueda. Ciao”.

En milésimas de segundo eres capaz de darte cuenta de que eso no va ayudar demasiado aunque el tono sigue siendo el mismo.

La cuelgas y solo quieres desaparecer. El día no puede ir peor.

Tu necesitabas un día tranquilito y en lugar de eso parece que todo el mundo se ha confabulado para seguir poniéndotelo difícil.

Tras muchos “prruffs”, contestaciones fuera de tono a quién no lo merecía, dolor de cabeza y muchos nervios… Acaba el día y por fin puedes irte a casa.

Sin embargo, de camino al metro un sentimiento de culpabilidad no te deja en paz.

Sabes que hoy no lo has hecho ni la mitad de bien de lo que lo podías hacer.  Sabes que Lucía no tenía la culpa de tu mal día y no se merecía esa contestación.

Sabes que los 4 cafés que te has tomado, han sido totalmente contraproducentes. Sabes que tienes que cambiar el chip si no quieres seguir con la bronca al llegar a casa.

¿Qué puedes hacer ante un mal día de trabajo?

Te acuerdas de que leíste en un artículo que la mente tiende a buscar lo negativo y que hay que ejercitarla para que vea también las cosas buenas. Así que de camino a casa, te dedicas a buscar las pequeñas cosas que han ido bien en el día.

Das las gracias porque Marta ha ido a preguntarte que te pasaba, siempre está ahí.

También agradeces que el equipo funcione solo a pesar de que tú no tengas un buen día.

Por último, agradeces que el del metro haya esperado a cerrar las puertas hasta que tú estuvieras dentro del vagón en lugar de cerrártelas en la cara.

Sin darte cuenta esas 3 sencillas cosas, te hacen sonreír y piensas un “bueno… el día tampoco ha sido tan horrible”.

Cuando llegas a casa, entras sonriendo y consigues tener esa conversación que querías con tu pareja. Has conseguido cambiar el rumbo a tu día. #ElPoderDeAgradecer

 

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Melisa Terriza, es experta en coaching y herramientas para mánagers millennial.

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